Se que escribir esto es un error, estoy exponiendo nuevamente a los que amo a cosas que ellos siquiera se imaginan…a cosas que jamás me creerían. Pero, aunque siento que estoy jugando con sus vidas, creo que es necesario para que a otros no les pase lo mismo, para que no cometan los mismos errores que yo cometí.
Como primera cosa no pido que me crean, sé que inevitablemente me tildaran de paranoico, desquiciado, loco y un largo etcétera y, siendo sincero, estaré totalmente de acuerdo. Después de ese día toda mi vida, mis creencias, mis metas se fueron a la mierda. Si, estoy loco y en mi locura he visto cosas horribles, cosas que dejarían helado a cualquiera, he visto el mundo tal y como es…he visto monstruos.
Todo partió el sábado 20 de agosto del 2005, en la universidad habíamos estado en paro desde el 31 de julio hasta el 14 de agosto por problemas internos y cuando todo se solucionó volvimos a tener todas las pruebas y exámenes. Todo buen estudiante hubiese aprovechado ese par de semanas para estudiar, pero yo jamás he sido un buen estudiante y me las tomé como unas pseudo vacaciones. Lógicamente estaba pagué los platos rotos, porque había olvidado lo que había estudiado, había perdido el ritmo y cada día los exámenes estaban más cerca. Por eso con un amigo nos habíamos puesto en campaña y habíamos estado estudiando desde que volvimos a clases, o sea toda la semana. Ese sábado en la mañana tuve la prueba…y me fue horrible. Como todo buen estudiante universitario decidí ahogar mis penas de estudios en alcohol, llamé a mi casa y avisé que iba a llegar tarde, mal que mal un amigo mío, Kafe, estaba viviendo en mi casa y si mis viejos necesitaban algo el podía suplirme, por lo menos de momento.
Eran más o menos las dos de la mañana y yo venía en un estado penoso, apestando a alcohol y tabaco. Todo estaba en silencio, excepto por los autos que pasaban de cuando en cuando por la avenida y los tipos bebiendo sobre la pasarela, yo caminaba solo haciendo eses y pensando en mi preciosa cama cuando, al doblar la esquina, escuché una voz justo detrás de mí: “Están en peligro.” Recuerdo que me giré rápidamente y, no niego que estuve a punto de cagarme en los pantalones cuando no vi a nadie detrás. Fue entonces cuando caí en cuenta: mi familia. Corrí dando tumbos los pocos metros que me separaban de mi casa buscando desesperadamente las llaves en mi mochila, después de dos intentos logré meter la llave en la cerradura, abrí de sopetón la puerta y, tirando mi mochila al piso, subí corriendo las escaleras.
No niego que esto puede parecer increíble, incluso tonto ¿Qué persona en su sano juicio pensaría que su familia está en peligro solamente porque oyó una voz detrás de él? En esos momentos no lo pensé, en esos momentos no pensé en nada, simplemente actué y si no lo hubiese hecho, entonces toda mi familia estaría muerta.
La visión que tuve apenas subí las escaleras fue una de las más terribles que he visto, Kafe, mi amigo, estaba a horcajadas sobre mi mamá con su boca sobre su cuello, sus ojos estaban rojos y desorbitados y en su rostro se veía una expresión de placer que me dio asco. Esto puede parecer casi una escena de película porno, si no fuese porque ambos estaban vestidos y porque del cuello de mi madre caía sangre que manchaba las sabanas y el piso. Al ver esto sentí pánico y, disipados ya completamente los efectos del alcohol, corrí y tomé al que había sido mi amigo del brazo y tire de él intentando que la soltara, pero simplemente movió el brazo y de pronto me encontré metido de cabeza en el closet. La cosa se paró sonriendo.
-Hola Viejo, llegaste justo para comer.-
-¡¿QUÉ ESTAY HACIENDO HUEÓN?!-Grité.
Sin hacerme caso, “eso” se acercó y yo, aún metido en el closet, sentí que me meaba en los pantalones, extendí las manos y grite.
-¡DÉJALA, HIJO DE PUTA!
De pronto sentí un cosquilleo en las manos, un cosquilleo doloroso y vi a la cosa retroceder gruñendo y chillando mientras de su piel salían chispas y humo, me miré las manos sin comprender y, a duras penas y sin lograrlo, intenté pararme mientras la cosa intentaba acercarse, pero siempre al llegar a cierto punto empezaba la humear y lanzar chispas. Al ver que no podía pasar Kafe se giró y avanzó hacia mi madre que seguía tirada en la cama y yo, en un ataque de furia, le tiré lo primero que tuve a mano: una mancuerna de un kilo que estaba en el fondo del closet. La mancuerna le dio en la nuca y la cosa cayó con un ruido sordo al piso, me puse de pie, recogí la mancuerna y me lancé sobre el pegándole de nuevo en la cabeza. No recuerdo cuantas veces le pegué, sólo sé que después de un rato, entre sangre y lágrimas, vomité sobre la masa sanguinolenta que había sido la cabeza de mi amigo, mientras que su cuerpo, al más puro estilo de un relato de Edgar Allan Poe, se descomponía ante mis ojos.
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